martes, 2 de julio de 2013

Fade. Capítulo 4.

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Fade. Capítulo 4.

La Libreta: Página 4.
El tiempo no cura las heridas.
Eres tú.



La calentadora empieza a chillar ligeramente, y yo me lanzo inmediatamente a apagarlo antes de despertar a mis padres. Aunque no tiene sentido; ninguno durmió anoche. Mamá no paró de llorar por horas.
Es curioso, ¿Sabes? Porque un mes atrás me sentía tan mal por el dolor de mi familia, pero ahora es sólo cansado. Es sólo irritante.
Suspiro mientras me sirvo silenciosamente el café; Sé que si hago ruido probablemente alguien va a bajar a comenzar a fingir  que todo está bien. Y no estoy de humor. Porque no he dormido nada tampoco, aunque no por las mismas razones que mis padres. No he dormido nada porque he estado estudiando.
Porque necesito una beca para Ahsford.
No es que sea tonta o algo por el estilo. De hecho soy la tercera en mi clase. Pero Isabel era la primera, y sólo así obtuvo una beca. Así que estoy sentada aquí en la cocina, con la isla llena de libros, haciéndome un café, esperando a que ninguno de mis padres baje todavía. Son las seis de la mañana. Espero que sigan durmiendo. O fingiendo hacerlo, como sea.
  Sin embargo yo no soy tan afortunada, porque mi padre baja las escaleras lentamente en su pijama azul de cuadros. Cuando él me mira, sonríe ligeramente y viene a besarme la cabeza.
 Puedo casi escuchar oración de agradecimiento porque yo no estoy muerta.
--Buenos días, princesa. ¿Por qué te levantaste tan temprano?
--Tengo examen mañana. Estoy aprovechando mi día. ¿Cómo dormiste?
--Bien.
Tantas mentiras en tan pocos diálogos.
No es como si yo no sospechara que papá se quedó despierto y que probablemente me escuchó bajar las escaleras en la noche, ya que el hombre tiene muy buen oído.
No es como si ambos no supiéramos que las pruebas acaban de pasar, que yo no tengo ningún examen mañana. No es como si yo me levantara seguido para “Aprovechar mi día”. Como si yo no supiera que él no durmió.
  Lo puedo ver en sus ojos. Puedo ver que sabe. Por su manera de mirarme, de estudiarme. Puede ver que yo sé.
No lo digo. Y no me dice.
No podemos ayudarnos.
Y cuando le pregunto cómo está mamá, él me contesta que sigue durmiendo. La mitad es verdad. No sigue, acaba de hacerlo. Gracias a unas píldoras.
Viva la medicina.
Cosa graciosa es que tiempo atrás él se hubiera sentado a hablar conmigo sobre lo que me preocupa. Es muy gracioso como las cosas cambian.
¿No se supone que así no es como debería de ser? ¿No se supone que son los padres los que cuidan de sus hijos, los que los llevan por el buen camino, los que hablan de las cosas que no podemos enfrentar? ¿No es su trabajo obligarme a mirarlo a los ojos y decirle la verdad? ¿Que deje de mentirle? ¿No es su trabajo?
No se supone que es así como debería de ser.
Sólo queda el tiempo. Sólo queda a esperar a que el tiempo vende sus corazones para que puedan ser los padres que se supone que tienen que ser.
Mis antiguos padres.
De la manera en que era antes de que todo hubiera desaparecido. Antes de que se hubiera ido.
 Mi padre se sirve una taza de café y yo lucho para no cerrar los ojos y quedarme dormida. Números, letras, fechas, nombres, formulas, idiomas. Todo da vueltas en mi mente.
Y las matemáticas. Nunca han parecido tan terribles en mi vida. Hasta ahora, no había topado con una cosa tan horrible… Hasta que papá se acomoda en la silla a mi lado y me pregunta qué estoy estudiando.
--MatemáticasRespondo apresuradamente, moviendo unos papeles disimuladamente para que no vean información que imprimí de la página Web de Ashford.
Sé que algún día yo tengo que decirles lo que estoy planeando.
Lo que decidí cuando llegué a casa el día anterior.
Sin embargo, tengo miedo. Porque soy lo único que ambos tienen justo ahora. Y me iré. Al mismo lugar en dónde Isabel encontró su destino.
Donde encontró la muerte.
Sólo sería poner el dedo en la herida. De cualquier manera, tal vez ni siquiera me acepten. Tal vez no soy lo suficientemente inteligente para Ahsford. Tal vez todo esto es en vano. Tal vez…
Tal vez sí me acepten.
--¿Cuántas tazas de café te has tomado?Pregunta señalando mi taza a medias.
--Una.
Aunque esta es mi cuarta.
Sé que lo nota.
“No preguntes”, reflejan sus ojos. “No es importante”.
Él intenta fingir que todo va bien por un pequeño lapso de tiempo antes de darse la vuelta y desaparecer escaleras arriba.
 Miro mi libro y cuaderno y por un momento pienso que no quiero hacer esto. Tengo sueño. Quiero irme a la cama. No quiero estudiar hasta quedarme ciega, no quiero trabajar tan duro por una estúpida beca.
Sin embargo el pensamiento dura un segundo.
Necesito café. Sí, necesito mucho café.
Cierro mis ojos y sólo los abro cuando escucho pasos acercándose.
--Y CassidyDice, en el pie de las escalerasFeliz cumpleaños.

                                                                         
                                                                           


--Es tan ridículoFarfulla Miranda al otro lado de la líneaLos exámenes aún no están. Llevas ya dos semanas sin salir de la cueva con un estúpido libro en la mano. ¿Quieres dejar de ser una nerd y continuar con tu vida social? ¡Hay que celebrar tu cumpleaños! ¡Venga!
--Hey, Miranda. No tienes que ser tan dura. Déjame, ¿Si?
--¿Te has estado oyendo? Lo único que ha salido de tu boca es “Déjame”, “Tengo que estudiar”. ¿Qué hay de tus amigas?
Mis amigas no lo comprenden.
Ni siquiera son mis amigas. Cece, Lisa, Scarlet. Todas ellas, tachadas. Y con Miranda… Me he estado comenzando a cansar de su actitud.
--Quiero ser primera en clase, Miranda. Se supone que deberías apoyarme como amigaLe recrimino.
--Oh, vamos. Deja de ser tan aburrida. ¿Por qué simplemente no te sueltas el pelo y dejas de ser tan mojigata? Esos padres que tienes tan raros están empezando a lavarte el cerebro, como a tu hermana.
  El silencio continuo al otro lado de la línea me dice que Miranda ha notado el error de sus palabras cuando éstas salieron.
Algo que nunca había salido de mis labios y que haría temblar a mi madre si me escuchara pronunciar sale de mi boca:
--Eres una perra.
Cuelgo el teléfono.


                                                                        




Y días pasaron. Muchos días. Días sin fin.
Días solitarios sin Miranda, sin Cece ni el resto. Realmente… no las extraño. Es curioso.
Pero extraño a mis padres. Extraño poder dormir por las noches. Extraño desayunar todos juntos exactamente a las ocho de la mañana, las canciones en el carro antes de ir a misa.
 Extraño mi vida.
Extraño ésos días.
Pero ello de alguna manera se esfuma esta mañana, cuando yo bajo las escaleras después de dormir casi cuatro horas cuando mi madre finalmente dejó de llorar. Porque cuando bajo ésas escaleras, el correo está tirado en el porche. Y cuando lo recojo, por primera vez hay algo para mí. Es una carta. El sobre es grueso de color marrón y hay tinta negra estilizada en las caras. Mi nombre está ahí escrito.
Y cuando miro hacia arriba, me doy cuenta de que mi madre no bajará, probablemente porque se ha tomado esas aspirinas de nuevo. Y entonces oigo un portazo. Es mi padre, un hombre deshecho y cansado. Él se acaba de esconder en su estudio en el piso de arriba. Significa que estoy sola en casa. Por mi cuenta.
Como en éstos últimos cuatro meses.
Sin embargo hoy es diferente. Hoy es muy diferente. Porque hoy se cumple el mes número cuatro de la muerte de Isabel. Significa misa, un día repleto de silencio, una habitación vacía llena de personas. Significa que cuando abro el sobre, no puedo mostrarles la carta de aceptación que viene dirigida a mí.
No hoy.
Subo y escondo la carta en el cajón de mi ropa interior. Mi madre ya lo lava de cualquier manera. No hace nada.

                                                              
                                                                           



 Dos semanas. Soy la número uno es mi clase. Los maestros me aman, pero no tengo amigos. Y mi carta sigue guardada.
  Hasta ahora.
El nombre de mi hermana es Isabel, por la prima mayor de María. Y mi nombre iba a ser ése; María. Sin embargo nana Cassidy murió. Supongo que mis padres reconsideraron recrear la biblia, porque tuve éste nombre y no tuve ningún hermano llamado Gabriel ni Miguel.
  Creo que es mejor así. Porque ninguna llamada María ni Ángela, ni Isabel sería tan insensible como para despertar a su madre y sacar a su padre del estudio y obligarlos a cambiarse, a sentarse en la mesa. No los obligaría a ver la carta de aceptación, y decirles:
--Necesito que firmen.
Ninguna María podría sentarse ahí viendo como su madre la mira y le grita qué pasa con lágrimas en los ojos. A su padre mirando la carta confundido. El dolor.
A María le importaría.
Pero soy Cassidy.
Y como Cassidy, sólo espero a que terminen de lamentarse para que me firmen la carta. Cassidy saben que tiene que firmar ahora que se está acercando el término de éste ciclo escolar. Es mayo.
Hay gritos. Hay lamentos. Hay negaciones.
Sigo siendo Cassidy.
Sigo siendo ella por horas. Días. Semanas.
Pero probablemente es María quién asiente y besa a sus padres cuándo éstos la llaman y le dicen que si va a ir hay dos condiciones. Una, María tendrá que llamar después de levantar y antes de acostarse. Segunda, María tiene que venir a casa los fines de semana.
  Sé que mis padres no entienden por qué hago esto.
María les promete que es por el buen desarrollo académico.
Pero Cassidy está ansiosa por jugar con fuego.
¿Quién soy yo?



                                                                              




Cuando me levanto esta mañana, escucho el silencio en mi habitación. Y cuando bajo las escaleras, mis padres están sentados en la sala, engullendo su desayuno, intentando ver la televisión, pero noto cómo sus ojos se desvían hacia las cajas con mis cosas. Sólo son unas pocas, pero puedo ver el dolor que les causa. ¿Qué demonios piensan hacer cuando yo me haya marchado a la universidad?
 Es cuando me doy cuenta.
No puedo quedarme ahí sentada a esperar a que el tiempo cure sus heridas. A que alguien o algo venga a recoger y pegar los pedazos rotos de mi familia.
Tengo que hacerlo yo.
Yo soy la persona, el pegamento que tiene que ponerlo todo junto. La cura.
--Mamá. Papá. Tenemos qué hablar.
Ellos despegan la vista y me miran.
Mamá pregunta:
--¿De qué, cielo?
--De Isabel.
Después, la furia y miseria del infierno se desata, abriéndome las puertas; Dándome la bienvenida.


-Sthep Stronger.

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