lunes, 2 de diciembre de 2013

Saved. Capítulo 3.

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Saved. Capítulo 3: La tarjeta.

Mi madre no tiró la ropa que usé esa noche, por alguna razón. Ella la puso en una caja en el sótano.
No es como si yo fuera a buscar mi ropa, sino que ahora estaba componiendo en el sótano, desde que mi hermana no me daba espacio. Toda mi familia, de hecho. Los tíos de parte de mamá no terminaban de irse. Entonces, yo me sentaba en el suelo y tocaba algunos acordes con mi guitarra, pero las palabras no llegaban a mí y mis notas eran dramáticas y con un agudo tono de disturbio sin importar cuanto me relajara, así que terminé dejándolo. En verdad lo que hice fue aventar la guitarra con furia y ésta volcó una caja.
 Me quedé ahí sentada, mirándola, frustrada, y luego me levanté a recogerla con un suspiro. Una tela delgada azul se deslizó cuando la levanté.
Era mi vestido.
Miré dentro de la caja y escarbé. Encontré mis zapatos, llenos de sangre seca que no pudo ser lavada y mi pequeña cartera plateada. Cuando la abrí, vi mi brillo labial rosado y una tarjeta blanca con sólo unos números escritos en tinta negra.
 La puse en el suelo, perfectamente derecha sobre la madera y la miré unos minutos.
Fue la tarjeta que el chico de Vivian me dio. Paso las yemas de mis dedos por los números delicadamente y cierro los ojos.
--Isabel, es hora de comerDij mamá, abriendo la puerta del sótano y mirando hacia abajo--¿Qué haces ahí?
Guardé la tarjeta en mi bolsillo y tomé el vestido para ponerlo en la caja. Mi madre bajó las escaleras y se puso blanca cuando me vio. Ella me lo arrebató y lo echó en la caja, tomándola también.
--Ve a comer con tu padre y tu hermanaMurmuró, con la caja en manos, subiendo escaleras.
Cuando me senté en la mesa miré a mi padre y a mi hermana, que no sabían cómo tratarme. Me miraban de reojo, casi temiendo que yo pudiera descubrirlos mirándome, como si yo fuera algún tipo de serpiente a punto de saltar. Como si tuvieran miedo de que me rompiese. Como si yo fuera de cristal.
Mi madre llegó desde afuera sin la caja, y supe que la había tirado definitivamente. Entonces ella se sentó en la mesa más relajada y empezó a hablar con nosotros, como si todo estuviera bien. Mi padre sigue su juego, sonriendo, bromeando conmigo y con mi hermana. Como si absolutamente nada estuviera roto.
 Y yo tuve que sonreírles.
Porque éstos son mis padres. Ellos no pueden saber acerca de nada que está mal. Las desgracias los llenan, los abruman, así que es mejor si lo evitan. Si fingen que no existe. Es lo que hacen ahora. Ellos se sonríen a sí mismos, sueltan algunas risas, comentan sobre el programa radio que está puesto, hacen bromas sobre nosotras. Y nosotras asentimos, como niñas buenas, como personas normales, como si no nos diéramos cuenta.
  Pero lo hacemos. Todos nosotros. De acuerdo, tal vez Cassidy no lo haga: Es demasiado ingenua. Tan inocente. Tan tonta. Pero mis padres y yo sí.  Vemos la chispa de la verdad en nuestros ojos, pero, una vez más fingimos.
  Esto es lo que somos.
Esta fue la razón por la cual tuve que irme.
    Esa noche, mi madre fue a cobijarme como si yo tuviera cinco años de nuevo. Ella me besó la frente y acarició mi cabello.
Y me dijo:
--No te preocupes, cielo. Todo estará bien. El señor te protege siempre.
Pero no lo hizo. No me protegió de aquella noche. No me protegió ni a mí, ni a Vivian y absolutamente no protegió a Cam. Nos arrojó y dejó que nos quemáramos.
Así que las palabras de mi madre no significaron nada. Tampoco la biblia en la sala o la cruz en mi habitación, ni las oraciones que mi madre me hizo repetir con ella antes de dormirnos, antes de comer, antes de hacer cualquier movimiento.
  No significaban nada para mí.
Deslicé mi mano bajo mi almohada y saqué la tarjeta. Apreté los números en mi teléfono.
Y esperé.


-Sthep Stronger.

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